Mozas de la Luna

Mozas de la Luna

by Elisa María

Introducción.

Una historia inspirada en la vida cotidiana de Irepani, país de la federación religiosa devota de Ameriskan y en el contexto de la ucronía que data de un mundo alternativo asolado por la plaga como fue la peste bubónica en la edad media. El punto jonbar de esta historia es la adaptación del organismo humano con la aparición de mutaciones genéticas que hicieron sobrevivir a la humanidad a la plaga teniendo como precio una sensibilidad de la piel a los rayos ultravioletas ligado genéticamente a los cromosomas XX a partir de la pubertad, esto quiere decir que las niñas a partir de los 13 años comienzan a tener hipersensibilidad a los rayos del sol y las lesiones sufridas por la exposición al sol van desde la muerte por quemaduras graves hasta la aparición de vegetaciones y escamas monstruosas de la piel color verdoso y oscuro. Ahora se sabe que la causa fue una intervención “hermanos del espacio” para salvar a la humanidad cuando ya habían perecido tres cuartas partes de la población mundial. En la historia, este acontecimiento, se registra únicamente como un milagro de Dios, como una intervención providencial. Esto significó que se buscara formas de protección de las mujeres desde la edad mencionada que van desde velos espesos y máscaras culturalmente definidas hasta formas de represión y refrenamientos instituidos por un sistema de gobierno teocrático.

Esta es una historia inspirada en una población patriarcal de Irepani equivalente a finales del siglo XIX. Destaca la relación de la metrópoli con la aldea campesina.

Personajes:

Juan Carlos: personaje principal.

Ildefonso Alcántara: padre.

Eloísa y Ana Julia: hermanas.

María Inés: prometida de Juan Carlos.

Fabián: amigo de Juan Carlos.

Madre Carlota: monja institutriz.


Llegada

Las grandes montañas van dando paso a las planicies sembradas de caña de azúcar y maíz. Las llanuras verdes nimban paisajes con impresionantes relieves. A través del camino se van revelando con el paso de los caballos las yerbas altas, los riachuelos, trechos de terrenos accidentados, de pronto árboles grandes y frondosos y luego llanuras una y otra vez. Los caballos babeaban de cansancio y los cascos férricos hacia brotar chispas en el camino pedregoso. Juan Carlos regresa a casa para unas cortas vacaciones, lo acompaña su amigo Fabián que fue a la estación del ferrocarril para acompañarlo, él es como un hermano, ellos crecieron juntos. Juan Carlos había ido a estudiar medicina a la capital de la provincia, motivado por el interés de la búsqueda de una cura para las secuelas de la “plaga”. Recordaba la casa solariega de los recuerdos de la infancia que tantas vivencias y nostalgias le dejó. Los rayos oblicuos del tenue sol del atardecer iluminan escasamente los follajes y los troncos de los árboles proyectaban sombras cada vez más grotescas y caprichosas y el cielo se viste de gris azul violeta cada vez más oscurecido. El cansancio de la jornada se notaba en las caras de los jinetes y Juan Carlos añoraba aún más su casa materna.

A cada trecho del camino interminable los recuerdos de la despedida de María Inés aparecían como chispazos fugaces cuando eran unos niños y él le prometió amor eterno bajo un árbol frondoso de guanacaste donde esculpieron sus nombres con corazones entrelazados. María Inés era una niña que había sido adoptada por los padres de él y criada junto con sus hermanas. Ella era sobreviviente de una catástrofe natural en que fallecieron sus padres y el convento de las monjas de La Caridad la acogió y por petición de don Ildefonso, padre de Juan Carlos fue llevada a la familia con la promesa de que si no encontraba marido ella regresaría al convento y se convertiría en una monja.

-Ya falta poco. __Le dice su amigo Fabián.

-Después de esta vuelta del camino, viene la bajada y se comenzarán a divisar las casas. Cómo ansío una taza de café y unos frijolitos fritos con tortilla caliente y queso.

Entonces había un recodo del camino delimitado por unas grandes peñas que simulaban una especie de túnel estrecho al final del cual en una enorme pendiente el paisaje se abrió logrando ver el horizonte oscuro y gris de un llano inmenso.

-Apurémonos porque esas nubes oscuras se van a precipitar pronto y nos mojaremos.

Y los jinetes apuraron el paso. Juan Carlos tenía muchas interrogantes que revoloteaban por su cabeza. Pesaba en María Inés. Ha crecido, ¿cómo será ahora? Espero que no haya tomado los velos pues mi familia es muy respetuosa de los principios del “claustrum”, se decía a sí mismo. El tenía un profundo temor de no poder contemplar la mirada tierna de sus ojos de miel. Ahora debe ser una linda chica…

En ese momento vieron a la orilla del camino barandas pintadas con cal. Era la señal que estaba cerca de casa. Y las sombras de la noche cubrían el camino y el follaje se tornaba negro y las luces de los candiles de la casa se miraban en frente y se acercaron con el trotar de los caballos.

De un salto de Juan Carlos bajó del caballo y corrió a la puerta de la casa. Una luz se reflejaba hacia afuera con las sombras de los dos muchachos que entraban presurosamente.

Un mozo de la hacienda los recibió y pasaron la antesala llegando al salón que daba a un jardín con flores y arbustos y una mesa preparada para los recién llegados; el padre se adelantó para abrazar a su hijo. Don Ildefonso Alcántara un hombre de unos 60 años, corpulento de barba rala y corta con canas, bigote y cabello aún más blanco, era condueño de una hacienda de caña de azúcar de una modesta producción que abastecía la región, es una propiedad suya pero financiada por el gobierno lo que convierte el negocio en una empresa mixta.

-Hijo mío, ha pasado mucho tiempo, espero que no te olvides de estos viejos, eres bienvenido. Tus hermanas han preguntado mucho por ti.

-Papá es una gran alegría verte, yo pronto terminaré mis estudios y pienso cumplir mi sueño de ayudar a la humanidad.

Había algarabía en la casa y en una estancia separada por enredaderas con flores en el patio de la casa, se oía voces de mujeres. Juan Carlos se acercó presuroso y ahí dos muchachas blancas y hermosas y una señora de cabello gris, la madre, que camina a encontrarlo a la puerta. Ella tenía lágrimas en los ojos por la emoción de ver de nuevo a su hijo y él abraza a la madre, las muchachas se levantaron rápidamente para saludarlo; parecía que enredaban sus pies en el dobladillo del vestido amplio que arrastraba y barría el césped pero había algo más que no las dejaba avanzar y pudo ver una cadena plateada tensada delgada que sujetaba supuestamente sus tobillos, estas emergen por debajo del dobladillo de la falda larga y se unen a una sola cadena que se prolonga hasta una argolla fija en el piso. Juan Carlos se acercó para abrazarlas.

-Ya veo que están muy bellas y crecidas, por lo visto también que no han escapado a los refrenamientos.

-Bienvenido, Juan Carlos. Como ves, hemos crecido. En cuanto a esto, —dijo levantando su falda y señalando su tobillo atado con el grillete— esto es un fastidio, papá y mamá son muy estrictos ahora y cumplen muy en serio con los mandatos de la religión y el gobierno. Ellos dicen que no son exigentes aún. Pero como ves, estamos destapadas porque es de noche. Ahora no podemos ir de pesca o correr en el campo. Es soportable por el momento, pero por la experiencia de otras familias muy tradicionales, puede ser más severo.

Dijo bajando la mirada Eloísa en un tono de nostalgia e indignación y Ana Julia, la hermana la secundó agregando.

-Nuestra esperanza eres tú. Termina de estudiar para crear una cura para este mal que nos tiene confinadas durante el día…

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En ese momento la madre llama para la cena festejando la llegada del hijo. Pero hay algo que a Juan Carlos le llama poderosamente la atención y es una figura que lo fascina, desatiende a las hermanas y camina presurosamente a la otra puerta de la casa que da al patio y grita: “María Inés”. Es la silueta de una bella muchacha con elegante vestido plisado largo hasta el suelo, mangas al puño, guantes y en la frente una guirnalda con un velo verdoso y bastante trasparente sobre su cara. Se alcanzaba a ver una sonrisa y el brillo insinuado de los ojos que reflejaba la tenue luz de los faroles. Él se acercó para abrazarla y el abrazo fue recíproco.

-Es una gran alegría volver a verte, eres toda una mujer. – le dijo.

-Es un gran alivio volverte a ver y saber de ti. Parece que desapareciera la preocupación por el futuro que me depara. Eres mi esperanza viva. Tu padre accedió a esperarte antes de adherirme al claustrum con la esperanza de desposarme ya que si no soy miembro de la familia tendré que ingresar como hermana religiosa del convento donde permanecería enclaustrada en un nicho el resto de mi vida.

-¿Cómo? Pero si la familia no llegaría a ese extremo. Papá nunca mencionó esto…

-Los señores del gobierno local llegaron la semana pasada e iban a acusar a papá por desacato al encontrarnos con una edad superior a la estimada para el “claustrum” y no lo había implementado en nosotras. Nuestros padres nos habían prometido que no llegarían a exigir tales mandatos. Pero la situación su ha vuelto difícil para ellos y un desacato pondría en peligro sus vínculos con la sociedad de hacendados.

Juan Carlos se quedó sorprendido ante tales declaraciones… pensó por in momento no tuvo más remedio que salir del asunto dándole un beso en la mejilla con una leve sonrisa a través del velo en ese instante lo llamó la madre para cenar. Él pudo ver las cadenas que salían arrastrándose por debajo de la falda y la criada le ayudaba para acercarse a la mesa donde estaban sus hermanas y las ataba en otra argolla en el piso cerca del comedor.

Durante esa noche, después de la cena estuvo pensando cómo sería el futuro de María Inés y pudo dormir muy poco esperando ansiosamente el nuevo día. Tuvo ideas disparatadas desde escaparse con ella y dejar la hacienda hasta interrumpir sus estudios y quedarse en la casa.

Hermanas

El sol comenzaba a alumbrar de manera deslumbrante la campiña y las sombras de los grandes árboles se movían lentamente dejando áreas diversas y caprichosas en los alrededores de la casa hacienda. Los peones habían salido para sus labores y Juan Carlos salió de sus habitaciones ya vestido y listo para un suculento desayuno. Se sentía el olor a comida desde la cocina y el bullicio de las cocineras para servir la comida. Llegó a la sala grande con ventanales protegidos con malla marrón, aunque podía verse tenuemente hacia el jardín. Había un piano y varios muebles de ébano con un buen acabado de torno y barniz brillante y el piso con alfombras persas y adornos con cuadros impresionistas de paisajes en las paredes y el escudo de la familia en el centro de la pared. En una esquina de la sala habían dos sillas de confinamiento para chicas púberes como esperando por sus usuarias. Eso le llamó la atención y se acercó a ellas. Él ya había visto muchas de esas sillas en los parques y plazas (Sicochip como las llamaban popularmente que significa “silla de confinamiento para chicas”); a éstas, como otras que había visto, les agregaron ruedas para llevar pasear a las muchachas confinadas y eran haladas por sus padres, hermanos y criados. Esta era una oportunidad que no había tenido antes para observar de cerca estos aparatos que tanta curiosidad le habían despertado y ahora era la oportunidad. Juan Carlos se acercó despacio y pudo ver las correas y fajas para sujetar las muñecas y tobillos y palpó las almohadillas del asiento y espaldar y el hueco para apoyar la cabeza y en un lado del espaldar colgaba la máscara angelical de porcelana de un fino acabado que simulaba la cara feliz de una muchacha y entonces pudo saber que detrás de ésta había una gran protrusión también de porcelana como un óvalo, es destinada a caber dentro de la boca de la muchacha al ser muy bien ajustada la máscara sobre la cara. Se preguntaba si la usuaria sería feliz o disfrutaría del paseo como la expresión de la máscara. La silla tenía una tapa que se ajustaba para cubrir el cuerpo desde los homblros y deja sólo la cabeza libre para colocarle la máscara que se atornillaba al hueco en que se coloca la cabeza dejando a la usuaria totalmente inmóvil y silenciosa. Dio una vuelta alrededor de la silla y esbozó una sonrisa de asombro. En ese momento vino el padre a llamarlo para desayunar.

-¿Crees que esto es necesario? Le dijo Juan Carlos señalando una de las sillas.

-Hijo, tienes que convivir en este ambiente para emitir una opinión… Los comisarios del gobierno me convencieron y yo personalmente creo que esto es más seguro que una burqa, tomando en cuenta de lo rebelde que se ha comportado los últimos días Eloísa, tu hermana, que hasta amenazó con escaparse. Éstas son para tus dos hermanas, fueron preparadas para llevarlas mañana a la iglesia. En el caso de María Inés, ella fue llevada al convento debido a que tendrá que tomar los votos como novicia porque aún no te decides a desposarla. Si no lo haces, ella se convertirá en una monja y permanecerá recluida en el convento toda su vida.

Fue un desayuno ameno con su padre aunque Juan Carlos no lo disfrutó por la preocupación por María Inés. Cuando caminaban hacia la sala principal, aparecen las hermanas con sus vestidos largos que arrastran por el piso. Ahora llevan chaquetas ajustadas con mangas largas, guantes y en la cabeza un escarbes que cubre su cabello con una capota ajustada y la cara descubierta porque el velo se lo han tirado hacia atrás mientras estaban dentro de la casa. Una sonrisa feliz mostraron las muchachas y al acercarse se saludaron con un beso que sonó brevemente al tocarse mejilla con mejilla. Fue un encuentro corto y Juan Carlos pensó que ya habría tiempo para conversar, el siguió caminando con su padre y las muchachas quedaron en la sala protegida de los rayos solares en espera de la monja que funcionaba como institutriz.

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Juan Carlos con su padre y su amigo Fabián hicieron un recorrido por las tierras de la hacienda observando los cultivos y las obras de construcción para represas y riego. Estuvieron mediodía cabalgando y regresaban fatigados. Por la tarde, después del almuerzo Juan Carlos camina por el corredor de la casa hacienda y luego al jardín hacia una enramada en una arboleda refrescante donde había unos sillones colgados a manera de columpios para descansar. Una de las criadas enmascarada con “máscara moretta” negra camina a la cocina y la madre con un velo marrón estaba sentada en un sillón tejiendo bordados. Juan Carlos se sentó en un asiento colgante del corredor, pero al momento se levantó como impulsado por un resorte, él estaba viendo una burqa de algodón sedoso, sus movimientos rítmicos y de apariencia fantasmal que salía de la estancia y se desplazaba por un camino con arcos de bejucos de enredadera y que va hacia la arboleda. Había grandes árboles frondosos de gran follaje y verde grama que hacían del paisaje un lugar paradisíaco. La burqa se desplazaba lentamente y, por lo visto, no tenía ninguna restricción o cadena que la sujetara. Él se preguntó si se trataba de María Inés pero recordó que su padre le había dicho que ella fue trasladada al convento. Por la estatura pudo adivinar que es su hermana Eloísa que estaba sola e iniciaba una caminata por el pequeño bosque. Juan Carlos camina presurosamente para alcanzarla y lo logra sin mayor esfuerzo, le toca el hombro. Se nota que ella voltea su cabeza embozada por la burqa y Juan Carlos le dice.

-Hermanita, ¿hacia dónde caminas?

Y solo se oye un mmmmf. En ese momento supo que ella estaba amordazada. No alcanza a ver a través del pequeño enmallado de la visera del velo por tener al parecer una tela oscura de protección por dentro de la malla, él puede apreciar el movimiento limitado de las manos a través de la tela que se mueve ondeante con las ráfagas de aire fresco que soplan. Él, consciente de que es su hermana y no otra persona, la coge del brazo y la ayuda a caminar por la senda hacia dentro del bosque.

-Mi querida hermanita, caminemos que yo tengo la solución para que podamos hablar con calma. __Le dijo.

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Y caminaron bordeando los troncos de los grandes árboles y llegaron a un claro donde hay una caseta circular con paredes con vidrios que se nota son protegidos de la luz solar. Él le ayudó a levantar el ancho y pesado burqa para exponer su cara tirándolo hacia atrás. Al momento pudo ver que en la cintura tiene una cadena decorada amarilla brillante a modo de cinturón no ceñido y dos cadenas cortas con brazaletes metálicos como pulseras con perlas ajustadas en las muñecas que le impiden levantar las manos, y en la cara aparece una cinta de cuero con ribetes metálicos que se dirige alrededor de la cara y el cuello hacia atrás. Esta cinta tiene un parche oval que cubre la boca, una cinta va por debajo de la barbilla y dos alambres forrados con cuero de fino acabado van de los lados de la boca y se unen en uno solo en el puente de la nariz y va por en medio de la frente hasta atrás por debajo de la capota y se une con la cinta horizontal. Eloísa mueve la cabeza emitiendo sonidos guturales. Juan Carlos saca una llave de su bolsillo y toca entre la tela del burqa y el cuello por debajo de la capota y abre una especie de candado destraba las cintas que se ajustan con precisión alrededor de su cabeza. Eloísa arruga el entrecejo en señal de desagrado cuando retira el parche de la boca extrayendo la gran pieza en forma de protuberancia oval con saliva acumulada, luego coloca el aparato en la mesita para limpiarlo con una servilleta.

-Ahora podemos hablar. Esta llave es una copia que extraje de una gaveta del escritorio de mi padre porque pensé que podía ser útil.

-Ya me tenía sofocada esa cosa horrible que tengo que usar siempre que salga de la casa y la mayoría de las veces, casi todo el día. Por lo menos puedes ver cómo nos trata nuestro padre y esto es un sólo una muestra, pues Ana Julia no está conmigo porque ella fue castigada hoy por responderle a la monja que es nuestra institutriz. Ella está arrodillada y confinada orando en un reclinatorio que tiene un cepo en la capilla. Yo tengo ya tres años de usar mordaza y Ana Julia un año y poco a poco nos hemos ido acostumbrando. En mis ratos de ocio vengo a este sitio y puedo leer con tranquilidad. La monja Carlota, que es nuestra institutriz y carcelera a la vez, fue a la vicaría para atender unos asuntos del convento y dejó a Ana Julia confinada en el cepo de la capilla. ¿Y no traes llave para mis brazaletes?

Preguntó ella levantando las manos hasta donde le permitían las cadenas cortas y brillantes que la limitaban.

-Pues, no… es todo lo que pude conseguir del escritorio de nuestro padre…

-Cuando tenemos nuestras manos libres, debemos estar sentadas tejiendo en una silla junto a una columna, atadas a ella con un collar y una cadena corta. Estos burqas a la vez que nos protegen del sol, también ocultan nuestros refrenamientos y eso todo el mundo lo sabe al mirar un burqa desplazándose por la calle. Pero más tedioso es permanecer inmóvil en una de esas sillas y sentirse como una estatua. Cuando vamos a la ciudad mi padre nos exige ir en una de esas cosas y desde esa estancia sólo puedo ver los chicos que se acercan con curiosidad y son ahuyentados por nuestros guardianes.

-Yo quisiera poder hacer algo por cambiar esa situación…

-Por lo menos, haz algo por María Inés. La pobrecita la van a confinar en el convento si tú no la desposas y eso sería como enterrarla viva. Nosotras, tus hermanas tenemos más posibilidades que ella a pesar de nuestras cadenas.

-Yo quisiera hacer algo por todas las mujeres, usando mis conocimientos de medicina que auguran posibilidades buenas. No obstante, me enfrento a dos problemas. La resistencia de los sectores conservadores y la iglesia para aplicar los nuevos descubrimientos en medicina y la situación precaria de la hacienda y la familia ya que nuestro padre envejece y no pronto no podrá manejar la hacienda. Ahora yo tengo que decidir si sigo en mis investigaciones o me vengo a la hacienda a ayudar a mi padre. Yo veo que la situación no es muy buena ante las oportunidades de mejorar la producción y estar al día con la gran competencia y las posibilidades de quiebra…

-Ya veo. Esa situación nos pone a nosotras en una situación difícil y aleja las posibilidades de liberación de nuestras cadenas.

Juan Carlos pudo conversar con su hermana y ver de cerca el confinamiento en que viven las mujeres ahora que sus hermanas ya crecieron. Para un hombre ese es un mundo prohibido al que no tienen acceso. La mayoría se conforman en ver por la calle y plazas esas figuras enigmáticas aprisionadas dentro que cualquier estancia del “claustrum”. Cómo quisiera tener el poder para una solución para sus hermanas y, por supuesto, para María Inés. Evidentemente ya en varias generaciones había germinado es inquietud sin poder encontrar una solución. Él sabía que muchas personas de poder en los gobiernos se lucraban manteniendo las estructuras sociales como estaban sin tomar en cuenta los sufrimientos de casi la mitad de la población. Cogió la mordaza y dirigió la mirada hacia Eloísa diciendo.

-Mi hermanita querida, ya pasó el tiempo y es necesario que regresemos. Voy a pasar visitando a Ana Julia en la capilla…

-¿No puedes esperar un poquito más…? Esa cosa horrible va a volver a mi boca y seguiré en mi confinamiento e ignorada por todos.

Juan Carlos no hizo caso a sus súplicas y se adelantó con el horrendo bozal. Eloísa hizo un gesto de disgusto al ver la pieza de la boca de fina porcelana delante de ella. Él examinó brevemente y notó que la pieza oval tenía un hueco en su cara posterior como ranura elíptica estrecha destinada para la lengua. Una vez colocada dentro de la boca la lengua de la muchacha entra en ese sitio y la deja paralizada.

Eloísa dócilmente abrió la boca y él colocó el feo aparato y una vez que vio que estaba todo dentro le dijo “cierra por favor” y su linda boquita angelical ocultó totalmente en objeto. Juan Carlos cerró y ajustó las cintas de cuero y metal, y luego se oyó el clic al cerrar el candado. La carita de la muchacha estaba distorcionada por el grotesco dispositivo y una mirada melancólica mostraba ahora al dejar caer el burqa que la cubría totalmente de la cabeza a los pies. Al ver la figura graciosa ondulante Juan Carlos no salía de su asombro todo lo que su querida hermana tenía que soportar.

Juan Carlos se adelantó dejando atrás a su hermana que no podía caminar muy rápido y salió del bosque y cogió el camino al jardín enrumbando a la capilla de oración, entra por la puerta principal y allí está una persona arrodillada a un lado frente al altar, es una mujer, se le mira el vestido extendido por atrás cubriendo sus pies y con la cabeza agachada en señal de oración. Él fue por delante para descubrir que su cabeza sobresale con el gorro en el cabello y un madero grueso colocado en el cuello y atrapa las muñecas a los lados del cuello por huecos para el cuello y las muñecas. Levanta un poco la gorra y puede ver el rostro de Ana Julia un poco sollozante, por lo menos no tenía mordaza.

-¿Puedo hacer algo por ti, hermanita?

-Sólo pásame un poco de agua que tengo sed…

Juan Carlos fue a un jarro donde había agua y cogió con una tasa y la llevó a la boca sedienta de Ana Julia. La contempló con congoja e impotencia y luego le dijo unas palabras de consuelo.

-Calma, hermanita, que la monja está por regresar y entonces nosotros podremos conversar. Yo le diré que te libere…

Por la noche una vez más las muchachas estaban liberadas podía reunirse toda la familia para conversar sobre el futuro de la hacienda y de cada uno de nueva generación.

Hacia la iglesia.

La mañanita es fresca y una nube se asienta sobre el valle mirándose la arboleda de un aspecto gris verdoso y brumoso. Juan Carlos terminó su desayuno solo, porque su padre tuvo que salir a supervisar el ordeño de las vacas, terminó el desayuno y fue inmediatamente a ayudar a su padre. Pudo ver que una de las vaca tenía una lesión en una pata. Cuando regresó de su cuarto y se disponía a prepararse para ir a la iglesia oyó una discusión en la sala adjunta. Don Ildefonso había regresado y discutía con Eloísa, él se acercó para oír al padre con voz severa

-¡En ningún momento. Eso ya está decidido. Ve preparándote para salir ahora mismo. __Decía

Él se enteró que Eloísa le había suplicado a su padre que si podría ir a misa solo con su burqa y no hacer uso de la temida “sicochic”. Las dos hermanas un poco renuentes están ahora frente a las sillas y la sirvienta se ha quitado la moretta para suplicarles que obedezcan al padre. Juan Carlos se acercó para ayudarle porque sabe que el padre es severo cuando da una orden y no había más remedio que obedecer.

-No se preocupen hermanitas yo les voy a ayudar.

-Eso suena fácil. Cuando tú no eres el que va a estar aprisionado en esa cosa… __dijo Eloísa.

Juan Carlos las convenció de buenas maneras e indujo a las muchachas a sentarse, luego las criadas se dieron a la tarea de atarlas hasta dejarlas inmóviles. En un momento ellas ya sólo podían mover el cuello. Y justo antes de cubrir su cara, Juan Carlos le dio un beso en la mejilla a cada una.

-Hermanitas, estaré pendiente de ustedes en todo momento. Yo hablaré con mi padre por María Inés…

Las dos chicas tenían la boca muy abierta cuando la criada acercó la máscara bella de muñeca angelical. Y cuando ya estaba ajustada Juan Carlos se preguntaba lo que ellas sentirían al guardar dentro de su boca la gran protrusión. Luego colocaron los pernos y atornillaron por atrás usando llaves. Esos pensamientos lo mantuvieron perplejo por un rato.

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Los mozos montaron la silla sobre un eje con ruedas para empujarlas y llevarlas a carruaje halado por caballos.

¿Y María Inés? No la he visto… cómo estará. Se dijo Juan Carlos y al instante fue a preguntar a su padre.

-Hijo mío, te dije que ella ella fue llevada al convento, en este momento ella debe estar siendo preparada para llevarla a la iglesia también. Pero como ella es una potencial aspirante a tomar los votos de religiosa, su preparación es especial. Pero no perdamos tiempo y vamos a la iglesia también allá podrás vela.

Había un gran bullicio en el atrio de la iglesia; era una algarabía impresionante, había burqas de los estilos más diversos y colores como lo hay de los estilos de falda, plisados finamente acampanados con vuelos encajes y hasta miriñaques como una armazón de alambre debajo de la gran falda que pendía desde la cabeza. Los hombres remolcaban con fuerza las cajas de diferentes tipos que albergaban a sus hijas y las llevaban para dentro de la iglesia las colocaban a un lado del altar, un espacio delantero para la ceremonia y Juan Carlos pudo ver la cantidad de sillas de confinamiento y se preguntaba cuál era la cara de sus hermanas entre tantas parecidas y cómo la identificarían al salir. Una vez más preguntó por María Inés y fue su amigo Fabián quien le aclaró.

¿Ves aquella fila en la parte delantera de los asientos?

Juan Carlos no apreciaba todavía muy bien y pudo ver unas estatuas de fino acabado en madera que estaban arrodilladas mayestáticamente juntando las palmas de las manos para rezar.

Ahora sí, la veo. Pero ¿a qué viene esa afirmación?

-Una de esas estatuas es es tu María Inés…

-¿Cómo? Pero ¿cómo es posible?

-Fíjate bien la tela del vestido sale en la parte de atrás que cubre sus pies. Ellas están arrodilladas dentro de esas estatuas. Cuando llegan las llevan a la sacristía les quitan el velo y las hacen arrodillarse detrás de los huecos que corresponden a la parte delantera del cuerpo. Ajustan bien todo el cuerpo y luego colocan la cáscara posterior y la ajustan con abrazaderas. Después las llevan al lugar donde ahora están…

-Pero ¿y los brazos? Los meten también allí…?

-No tonto. Los tienen atados por atrás con los antebrazos plegados y sujetos por un manguito de cuero.

-Uhm… es interesante.

-Ella permanecerá en el convento y sólo tú puedes liberarla al aceptarla como esposa.

Juan Carlos dio una pasos adelante y pudo observar las estatuas que todas eran iguales y sentía una leve emoción al saber que una de ellas era la que contenía a María Inés. Se acercó un poco y pudo ver que los ojos eran de cristal y supo que lo estaban observando. Él quiso preguntarles pero se contuvo cuando anunciaban el comienzo de la ceremonia.

-Hubiera querido preguntarles algo y no pude… __le dijo a su amigo.

-Y no te hubieran contestado. __le dijo Fabián.

-¿Por qué, es acaso les es prohibido?

-No puede… Pues todas tienen su boca ocupada por un gran óvalo de porcelana que fue bendecido antes por el párroco para purificarle su boca de las “malas lenguas”.

-¿Y eso va a incluir a mis hermanas?

-Pues no. Lo que pasa con María Inés es que ella es huérfana y, aunque ha sido criada como hermana, nadie responde por su linaje e irremediablemente irá para el convento si no si alguien no le propone matrimonio.

Juan Carlos no puedo escuchar la misa por la preocupación por María Inés y sentía aumento de sus latidos cardiacos y la espera por el final de la misa era interminable, pues duró varias horas.

Inmediatamente que terminó la ceremonia y hasta ayudó a transportar a sus hermanas y en cuanto pudo fue a conversar con su padre con la firme decisión de proponerle matrimonio a María Inés y su padre un poco renuente la dijo que eso no debía desviarlo de su propósito de estudiar y que los dos años que le faltaban de estudios debía dedicarse por entero en ellos.

– Padre, voy a cumplir firmemente con mi compromiso y voy a desposar a María Inés, pero ¿Qué pasará en los próximos dos años?

-Vamos a ir al convento para pedir la mano de María Inés y veremos qué dice la madre superiora… __le dijo su padre.


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Cuando llegó a la casa, sus hermanas ya habían almorzado y Juan Carlos fue a la salita de las niñas a conversar con ellas. Era una sala con ventanales protegidos del sol por el vidrio y las cortinas oscuras, aunque podía percibirse el paisaje de los jardines a los que las muchachas sólo podían tener acceso durante la noche. Ahora ellas, ya libres de la “sicochip”, portaban un amplio burqa plisado color naranja con malla finamente tejida en dos cuadriculados pequeños a la altura de los ojos del mismo color y ribetes dorados con encajes decorados en la gorra y en el dobladillo que barría el piso. Ambas estaban uniformadas y sólo podían diferenciarse por la estatura y cuando lo vieron ellas se levantaron y caminaron hacia él y pudo ver una cadena con eslabones finos que se tensaba desde el dobladillo y se sujetaba a una argolla en el piso entre las dos sillas con marcos tejidos de junco y alto respaldo.

-Niñas, por no se apuren porque pueden caerse… __les dijo Juan Carlos esbozando una sonrisa.

-Hermano, te estábamos esperando. Esto no es lo que hubiéramos querido ya que hubiera sido mejor caminar por los jardines y recorrer el campo a caballo como antes lo hacíamos. La institutriz que es más bien una carcelera nos permitió un rato de alegría contigo. ___dijo Eloísa.

-Y hay mucho que contar. Hemos aprendido mucho más ahora que estamos encerradas. Ya leemos muy bien y le ayudamos a papá en los libros de la hacienda y a mamá en el orden de la casa, a pesar de las limitaciones que nos han hecho la vida un poco aburrida por otro lado. ___Dijo Ana Julia en tono un poco triste esto último.

-Pero por favor ayúdanos con este estorbo, no soporto tener una conversación contigo a través de un velo. Después de todo tú sólo puedes ver a dos figuras fantasmas ridículas moviéndose y emitiendo sonidos.

Juan Carlos se adelantó y ayudó a ambas a levantar sus burkas apareciendo dos hembras sonrientes y bellas que se arreglaban la cara y el paño que cubría su pelo y un poco deslumbradas por la luz adicional que veían sin el velo. Ellos se sentaron para conversar animadamente.

-Qué alegre que estés con nosotras, parece mentira. __Dijo emocionada Eloísa y agrega__. Eres un chico afortunado, estudiar medicina, parece un cuento precioso, ya quisiera tener yo la oportunidad. Y nosotras aquí condenadas a estar encerradas y limitadas…

-Y víctimas de esta maldita plaga, apúrate e inventa una cura para poder escapar de este capullo que le dicen “claustrum” y nos aprisiona. __Dijo Ana Julia.

-Chicas, ya puedo decir que los médicos estamos aprendiendo todavía de las implicaciones de la plaga y de que no haya exterminado a la humanidad. Yo sigo sorprendido de lo que la cultura puede hacer al exagerar la protección de las mujeres amparada en la religión y ya veo que papá es defensor del sistema del gobierno debido a su lugar en la sociedad y la política. Yo más que nadie estoy en contra de muchos excesos del código del vestir.

-Así es papá ha aumentado el control en la casa. Por ejemplo nosotras llegamos a los 14 años y él no dijo nada en ese momento. Fue a partir del presente año en que comenzó a exigirnos todo esto. __Dijo Eloísa lamentándose.

-Aun así los burkas son tolerables y hasta enigmáticos, muchas veces excitantes por la suavidad de la tela interna que acaricia nuestra piel. Pero el uso de refrenamientos es un fastidio. Supuestamente son para protegernos según dice papá, la otra institutriz que teníamos, la traían y llevaban dentro de una caja confinada. Los trajes para el paseo al aire libre durante el día son extremos. ___agrega Ana Julia.

-Yo ya tengo una colección de capas y máscaras con refrenamientos internos. Que dice mamá que ella uso cuando joven. Tales máscaras erradican totalmente todo rasgo de la cara y nos hace caminar como autómatas. Y aquí tenemos que estar como gallinas atadas con un grillete en el tobillo. __replicó Eloísa.

-Chicas he oído bastante y vine para decirles que voy pedir la mano de María Inés… __dijo Juan Carlos y agrega, mañana voy a ir con papá al convento para liberar a María Inés de la reclusión.

-“Vivaaaa”. __Dijeron las muchachas con expresión de júbilo y alegría y por un momento ellas se olvidaron de su situación.

-Pobrecita, yo supe que hasta ya le confeccionaron su nicho de santa en que pasará enclaustrada como novicia. Pero, anda hermano, haz una obra de caridad y libérala ya. __Agregó Ana Julia.

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En ese momento llegó la institutriz. Es una mujer que usa una capa gris larga al suelo en la cara un velo con dos orificios de capucha bordados en forma de ojal, guantes oscuros. Trae un maletín negro y dice desde la puerta con voz gruñona.

–Muchachas la hora del ocio ya terminó y vamos a un paseo alrededor de la casa y los jardines y luego a realizar sus deberes.

Juan Carlos volvió a ver y se levantó inmediatamente haciendo un gesto de inclinación y reverencia en señal de saludo. Eloísa se levantó arrugando la cara y dice.

-Juan Carlos no te vayas todavía, esa bruja ya nos va a amordazar. Si vieras la colección de mordazas que tiene, te asustarías…

-Y yo que tenía la lengua adormecida después de la misa al permanecer en esa condenada sicochip, ahora volvemos y se acaba la alegría. __Dijo Ana Julia con voz baja.

Juan Carlos no hizo más que despedirse en el momento que la monja se acercaba.

– Juan Carlos hermano, por favor, quédate. Por lo menos estaremos un ratito más, juntos…

La monja asintió y Juan Carlos sólo se incorporó del asiento y esperó. Los ojos de la monja a través de los orificios parecían más bien dagas al ver a las muchachas con una compañía masculina y aunque ella estaba tapada tal vez se notaba de alguna manera su incomodidad. Ella puso el maletín y sacó primero un cinturón con dos brazaletes. Las muchachas se acercaron como estrenadas y levantaron los brazos para que la monja les pusiera el cinturón seguido colocó los brazaletes como esposas en las muñecas asidas a la parte delantera del cinturón con una cadena corta. Luego sacó un arnés con cintas de cuero. Pudo ver que en la parte donde estaba la boca había una protrusión de goma suave en forma de óvalo lo suficiente grande para llenar toda la cavidad bucal. Las muchachas esperaron su turno cada una para guardar en su boca la mordaza y la monja con dedos diestros en guantes abrochó por detrás las fajas apretando lo suficiente la mordaza. Se notaba el desagrado evidente de Eloísa al arrugar la frente y mover la cabeza. “Ya está”… dijo la monja y seguido levantó el burka y lo colocó en cada una de las muchachas dejándolas otra vez como fantasmas y desapareció toda humanidad en esas bellezas que admiraron a Juan Carlos. Luego la monja fue a los tobillos sacando llave a los grilletes. Se disponían a salir en fila dos burkas impersonales y una figura con capa gris caminando hacia el jardín cuando el viento hacía ondular graciosamente los pliegues sedosos de los amplios burkas que acariciaban el suelo con el dobladillo. Juan Carlos se preguntaba lo que pensaban o sentían esas figuras silenciosas y no dejaba de pensar que sus hermanas vivarachas y alegres estaban dentro de ese austero y feo ropaje. Las siguió por un trecho y contempló cómo se alejaban lentamente.


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El señor Alcántara estaba buscando a su hijo para ir al convento. Juan Carlos se encontró con su padre en el corredor y ambos platicando fueron a carruaje. El convento esta a media hora en coche desde la casa. Era una estructura de estilo medieval con aljibes y gruesas paredes. Un guardia los recibió en la puerta y caminó hacia dentro del patio guiándolos, llegaron a una amplia sala con sillas torneadas de color caoba y un escritorio de recepción. Había una puerta coronada por una arco y una verja metálica con arabescos y detrás de estos una cortina con bordados con el logotipo de la orden religiosa. A un lado del escritorio se abrió una puerta angosta detrás de una columna y aparece una figura humana cubierta por un manto color marrón y velo negro, un griñón color crema, usaba guantes negros. Ella levantó el velo al sentarse detrás del escritorio se miraba una máscara tipo moretta color hueso detrás del tocado alrededor de su cara. Los orificios de la máscara eran más amplios y se miraba unos ojos oscuros con una mirada rigurosa. Era la madre superiora.

-Muy buenos días señor Alcántara. Iremos al grano. Me informó que su hijo está interesado en una de mis novicias de claustro. Esto puede ser un asunto extraordinario y he accedido dada la reputación de su familia y su disposición a defender las buenas costumbres.

-Se trata de María Inés según le hice saber, ella fue adoptada por mi familia al quedar huérfana y criada como hermana de mis hijas. Mi hijo está interesado en ella para casarse en cuanto sea posible.

-Entiendo que él no ha terminado aún sus estudios y casarse sólo será posible cuando regrese a casa.

-Nosotros venimos a confirmar el compromiso y mientras tanto quiero que María Inés siga viviendo en mi casa.

-Eso violentaría algunas leyes como usted mismo bien sabe y no puede ser posible…

Juan Carlos se adelanta y agrega impetuosamente.

-Yo hago responsable de cumplir con el compromiso y me comprometo de reportarme al convento todas las veces que usted disponga.

-Muchacho impertinente, tu compromiso ahora es más serio y drástico. El compromiso es del señor Alcántara como persona honorable que es. __dijo la monja.

-Pero María Inés…

-Calma hijo, yo estoy interesado también en el futuro de María Inés. ___Y agrega después de una pausa.__ Madre. Mi familia y mi posición social es garantía de que mi hijo va a cumplir…

-Voy a consultar con el obispo y el gobierno local. Espero que su abogado garantice el documento formal. María Inés ya tiene su propio nicho de claustro y de acuerdo con la negociación y los documentos, podemos trasladarla con su nicho a su casa para que se encargue de atenderla con todos los privilegios de novicia de este convento. Ella no será libre mientras no se case. Que quede escrito en el documento que si su hijo incumple el compromiso, usted y su familia perderá su posición social, la iglesia dispondrá de sus propiedades y María Inés será llevada a una cripta en vida con su alimento diario y se sellará sólo cuando ella muera. Está decidido.

Juan Carlos se puso pálido por la decisión y su padre le echó la mano en el hombro apoyando a su hijo. El tenía coraje al pensar todo lo que una plaga podía hacer en la historia de las mujeres y sentía más impulso para estudiar una cura.


Cuando regresaron a la casa Juan Carlos ya no pensaba en otra cosa y su amor por María Inés crecía a cada momento. Pasó a la sala que da al patio y no vio siquiera a sus dos hermanas que habían regresado del “paseo”, una de ellas todavía con su burka se movieron con dificultad para sonar una campana en uno de los aleros para sacar a Juan Carlos de su concentración. Él volvió a ver que el burka iba a la mesita para escribir una nota. “Ayúdanos a quitarnos esto”.

El hizo señales para ir a la antesala del dormitorio y lo siguieron los burkas. En efecto, el les ayudó a levantar el alambrado del miriñaque debajo del burka y luego fue por la llave para soltar los brazaletes y la mordaza de las niñas. Tenían la cara enrojecida y se notaba el enojo al retirar todo el atuendo.

-No sé qué vamos a hacer cuando te hayas ido. Este balandrán ya me tenía sofocada. __dijo Eloísa.

Juan Carlos comentó lo ocurrido con las hermanas y el compromiso que él estaba dispuesto a cumplir.

-Mañana tendré que partir a la capital para seguir mis estudios y tendré que recomendarles la atención de María Inés para que la apoyen emocionalmente mientras regreso, solo faltan dos años y espero que pasen rápido. __dijo.

Eloísa contestó.

-Bien, también mamá se encargará de ella y te aseguro que estamos contigo y hombre, apúrate y regresa, eres nuestra esperanza…

-María Inés será traída en su nicho y el acuerdo es que permanecerá en la casa grande siendo atendida por la familia. Se mantendrá confinada en un reclinatorio de estatua unas 8 horas al día y dormirá en un receptáculo. Creo que podrá salir en una caja para novicias a las misas los domingos y a las procesiones de la parroquia. Yo esperaré para despedirme de ella.


Era la mañana y Juan Carlos se preparaba para despedirse de la familia. Salió de la casa grande cuando los criados permanecían en la terraza que daba al pórtico en la entrada a la casa. Las mujeres con sus mantos protectores en que las criadas tenían una cinta morada en la frente que simbolizaba su condición.

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Eloísa y Ana Julia, sus hermanas, contemplaban la escena a través de sus máscaras y velos de sus capas. Ellas llevaban una capa larga de salida al aire libre, una máscara de caucho donde se ve sólo dos ranuras estrechas y una careta oval amorfa y encima un velo oscuro que cae del borde de la capucha hasta la cintura. Juan Carlos se acercó a ellas y les dio un beso sobre la máscara, ellas asintieron pero no dijeron nada. Era evidente que estaban amordazadas.

Presurosamente caminó a la capilla de la oración, entró por la puerta principal para contemplar una estatua bella de un material parecido al yeso, era mayestática, inmóvil e inexpresiva con cara de mujer joven arrodillada frente al altar con las manos juntas en señal de oración. Juan Carlos se acercó por delante y le dio un beso en la mejilla. Ella tenía dos ranuras oblicuas en los ojos de la máscara cubiertos por cristal, donde se podía adivinar los verdaderos ojos de María Inés. Él se quedó contemplándola y le dijo palabras de amor y de la promesa de que regresaría al graduarse. La estatua se quedó inmóvil y Juan Carlos dio la vuelta para emprender su viaje. Salió de la casa para luego despedirse de su madre y su padre.

El carruaje halado por caballos se alejaba en una polvareda y los sueños de las muchachas se disipaban en la distancia con la esperanza ansiada del regreso de Juan Carlos.

Fin

Back to tales in non-English languages…

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