Una nueva vida modesta

Una nueva vida modesta

(secuela de Cheryl)

by Frank

Introducción.

Se trata de una secuela de “Cheryl” por Skanderbeg. Después de leer esto es un requisito previo para entender completamente esta historia.

Cheryl Phillips, ahora conocida dentro de su empresa como Qendresa Krasniqi, empezó su trabajo en la empresa que la contrató. Todo el mundo en la oficina miraba a Qendresa de manera extraña, aunque no ponían mucho cuidado tampoco sobre ese detalle, porque el jefe de la chica de la burka se encargó de decirles a sus nuevos compañeros de labor sobre aquella situación, pero era la mejor en lo que hacía, que era llevar la contabilidad de la compañía. Quienes no la conocían, creyeron que era albanesa (por su combinación de nombre y apellido), pero no le importó. Sabía desde lo más profundo que ella era inglesa, y que se ocultaba tras todo este conjunto de tela blanca para olvidarse de ese pasado tan oscuro que tuvo, acaparando las primeras páginas de las revistas debido a sus grandes pechos.

Qendresa amaba estar como estaba, oculta de la mirada de los demás. En cierto modo, era como las mujeres musulmanas, pero nada más lejos de la realidad, porque era, en teoría, cristiana. Su jefe estaba notablemente sorprendido de cómo Qendresa desempeñaba bien lo que hacía, con lo que le dio dinero, que no sería descontado de su salario, el suficiente como para comprarse más burkas, y menos mal que se lo dio. Llevaba prácticamente dos semanas con ese mismo atuendo y ya empezaba a verse muy mal, y además este tipo de ropa siempre debía llevarse limpio. Qendresa estaba muy entusiasmada cuando llegó su nuevo paquete desde eBay, tres días después de haberlo pedido, varias burkas, todas del mismo material sedoso y bello que la primera pero de diferentes colores: azul oscuro, aguamarina, café, verde, negro, azul celeste y amarillo. Todas venían así mismo con lo necesario para hacer su ocultamiento bastante completo.

**

Al día siguiente, salió con la burka azul celeste a su trabajo, y en el camino empezó a atraer miradas de gente árabe, respondiendo a sus cumplidos, aunque los árabes le decían que no debiera hacerlo. Respondía ella que no se circunscribía al Islam pero utilizaba la burka como método de escape de su antigua identidad, y ellos fácilmente entendieron. También encontraba alguna que otra mujer que me preguntaba por qué usaba esto, si era algo opresor. Contestaba sin problema que era más opresora la manera en la que vivía antes y que se sentía más libre ahora bajo la burka. En su trabajo, Qendresa seguía tan centrada como siempre en su labor de llevar las cuentas de la empresa, cuando encontró un dato que no cuadraba: al parecer había encontrado una entrada de dinero inusual a la organización del cual nadie se había dado cuenta, aparentemente. Preocupada sobre este asunto, se dirigió a donde su jefe para aclarar esta situación.

La empresa era muy accesible para hablar con los jefes, así que no existía problema con llamar a la puerta simplemente, para poder hablar con el gerente. El gerente, que se llamaba Marcus Heath, le dijo a Qendresa: “Adelante”. Marcus le dijo a la chica en la burka celeste: “Oh, Qendresa… siéntate, por favor”. La oficina de Marcus daba a una ventana hacia la calle, y era bastante elegante, inclusive las sillas donde atendía a la gente que iba a hablar con él por la razón que fueran, que eran de estilo victoriano, y el asiento del gerente parecía un trono. Pensó la chica en la burka: “El señor Heath tiene un gusto increíble… en cierto modo me recuerda a mi anterior vida, con los lujos…”.

Marcus le dijo: “Dime Qendresa, ¿qué te trae a mi oficina?”

Qendresa le responde: “Señor Heath, encontré un ingreso en efectivo irregular en la contabilidad que no está sustentado por nada…”

Marcus responde, en la misma voz comprensiva: “Qendresa, llámame Marcus, puede que sea tu jefe pero tú, como todos, pueden llamarme por mi nombre. Luego dijo, sorprendido: “¿has visto qué cosa en las cuentas de la empresa? Déjame mirar de qué estás hablando, por favor…”

Salió primero Marcus, haciéndole la antesala a Qendresa. “Qué caballero es el señor Heath” – pensó la chica cubierta en celeste al ver el gesto de su jefe.

Se dirigieron a la oficina de contabilidad, el dominio de la chica velada, y allí, Qendresa le mostró a Marcus lo que sucedía. Hace dos meses, hubo una misteriosa transferencia bancaria, que envió alguien que solo firmaba con K. A., desde la isla de Jersey, que ascendía al millón de libras.

Marcus fácilmente le dijo a Qendresa: “Ah, de eso no te preocupes, es una inversión externa que nos hace un socio que tenemos en Europa y tiene cuenta en Jersey. Lo único que tienes que saber es que ese tipo de inversiones con el tiempo las justificamos, si quieres te muestro un libro de contabilidad donde lo demostramos…”

Qendresa le respondió: “Todo sea para comprender como funcionan los negocios aquí”.

Marcus le muestra el libro del curso contable pasado donde hubo dos de esos ingresos y que luego, se reinvirtieron en la empresa, y que no solamente existían esos ingresos. Aparentemente, esto era una empresa comercializadora, a juzgar por todo lo visto anteriormente, así que no dijo más nada y se quedó tranquila sabiendo ya ese hecho.

De regreso a su casa, volvió a cruzar miradas con otros árabes, que no paraban de decir lo piadosa que se veía Qendresa tras su burka, y con su respuesta venía de nuevo la pregunta de la mañana, que contestaría exactamente con la misma respuesta, que era para olvidarse de su antigua vida.

**

Qendresa pasó un mes, luego dos, tres meses y luego seis, completamente oculta del mundo exterior tras su burka. En ese tiempo investigó sobre la manera correcta de usarla, puesto que no pasaba de ser un experimento en un principio, que resultó ser un rotundo éxito. En esa investigación, concluyó que debería intentar, cuando anduviera, hacerlo con pasos más cortos. Y en ese tiempo también hizo oficial su olvido completo de su antigua vida. Fue a donde su amiga Theresa, que vivía donde Qendresa lo hacía antes de declararse en aislamiento, luego de trabajar, cuando le hizo el anuncio formal que se cambiaría de nombre, al de Qendresa Krasniqi. Ella se sorprendió por aquellas declaraciones pero sintió que era lo correcto. Abrazó a su amiga en su determinación, y a ambas se les soltaron las lágrimas, pero a Qendresa no se le podía apenas distinguir nada tras su burka negro de aquel día. Theresa dijo: “Cheryl, o mejor, Qendresa, esta vez estás tomando bastante buenas decisiones para tu vida…”

Cuando se lo dijo a Marcus el día siguiente, le pareció perfecto. A veces le llamaba Cheryl solo por molestarla, y solamente cuando por alguna razón ella iba a la oficina del gerente. Qendresa hizo una cita para reunir a Marcus y a Theresa para hacer la escritura unilateral.

En los contenidos de la carta ponía lo siguiente:

“Por esta escritura de cambio de nombre, hecha por mí misma, la firmante Qendresa Krasniqi del XX de la calle XXXXXX, Londres, en el condado del Gran Londres, antes conocida como Cheryl Phillips, una ciudadana británica bajo la Sección 37(1) del Acta de Nacionalidad Británica 1981 (…)”.

Cuidadosamente, luego de imprimirla y firmarla, la echaron en uno de esos buzones rojos que había en la ciudad, con el fin de hacer oficial el cambio de identidad. Después le llegaría la notificación a su apartamento de que tenía que pagar 36 libras por el trámite y que también todos sus documentos tendrían que ser modificados para ser acordes a su nueva vida, pero eso era lo de menos, con tal de que fuera una persona completamente libre del estigma que implicaba su anterior identidad.

Luego de varias semanas en trámites para sus papeles (incluido su contrato donde trabajaba), ya ante la sociedad no sería más conocida como la chica que acaparaba las revistas.

**

Qendresa, como se dijo, era cristiana. Cristiana católica, para ser exactos, en cuanto que su familia era escocesa por parte de su madre e irlandesa del sur por parte de su padre. Cuando fue su primer domingo estando oculta en la burka, recibió extrañas miradas de todas partes cuando fue a la misa en la parroquia que tenía cerca a su casa. Las mujeres católicas no utilizaban velo alguno en misa (muy raramente, en realidad), salvo las monjas. Cuando fue a recibir la comunión, la recibió en sus manos (que tenían guantes) y se las arregló después para administrársela. Se acabó la ceremonia y el cura párroco se acercó a ella y le preguntó con una voz muy seria: “Hermana, ¿qué haces vistiendo estas ropas?”.

Qendresa le respondió al padre: “Padre, es una historia muy larga. Quiero olvidarme de mi pasado oscuro y de todo lo que lo rodeó, incluyendo mi identidad”. No dijo más nada porque su voz empezaba a entrecortarse.

El padre le dice: “Así que esto lo haces a modo de penitencia”.

Responde ella, al punto de llorar: “Así es. Aunque sea el resto de mi vida que esté bajo estas ropas, cumpliré con mi penitencia, además me siento bastante bien bajo esta burka, prácticamente libre de toda presión”.

El padre le responde: “Con esto que me comentas, ya Dios conoce también de tu situación y así mismo te perdona de todos tus pecados. Ve en paz y te espero la semana que viene”.

Qendresa asiente y le agradece al cura y sale del templo, donde un hombre la espera en el exterior. “Hola”, le dice el chico, que era más alto que ella y era muy guapo. Vestía con una camisa de color claro y unos pantalones de mezclilla, tenía un cabello negro bien organizado y además unos ojos cafés claros profundos. “Hola”, le responde también Qendresa. “Te vi en la santa misa y nunca vi tanto fervor en una persona al entonar los cánticos o las oraciones, y tienes una voz maravillosa”, le dijo el chico. “Oh, muchas gracias”, le responde la chica de la burka, sonrojada bajo sus ropas. “¿Cómo te llamas? Mi nombre es Alan”- dice el chico. “Mi nombre es Qendresa, Alan, gusto en conocerte”, le respondió.

“Un exótico nombre para una mujer muy especial”, dijo el muchacho.

“Así es”, responde la chica velada, riéndose.

Luego dijeron que se verían luego de la santa misa del domingo siguiente.

“Es maravilloso que una persona se fije únicamente en lo que eres y no en lo que aparentas” – se dijo Qendresa para sus adentros, llena de esperanza, antes de marcharse del todo a su casa.

**

Otro de los cambios que hizo Qendresa en su vida al imponerse su burka, es que no usaría más su maquillaje habitual, con el fin de verse un poco más natural. Solía utilizar sombras, labiales y mascara, pero se dio cuenta que no iba con el estilo (inclusive podría arruinar su burka), es más, consultó sobre los maquillajes que se podían usar usando este vestido. Pudo concluir que se usaba un cosmético particular, conocido como kohl. No era muy costoso, así que cuando pudo, se hizo a una buena dotación de ese cosmético para poderlo utilizar.

Pudo también mirar formas de aplicarse el kohl en youtube, con lo que concluyó que se aplicaba de la misma manera que un delineador de ojos, pero podía usarlo de sombra o de mascara según quisiera. La verdad, como la mayoría de los cambios, no revistió mayores problemas para la chica.

No todo iba a ser fácil para ella. Un viernes cualquiera, bajando de su trabajo, hasta el apartamento donde vivía (ese día precisamente había decidido ir caminando tanto yendo, como viniendo, para seguir demostrando su determinación, esta vez en su burka amarilla), oyó el minarete de una mezquita cercana a donde caminaba. En ese momento estaban dando el aviso para la oración de la tarde. Y mientras, se encontró con alguien quien parecía ser el imán de la mezquita. “¿Y ahora qué hago?”, se preguntaba preocupada la chica de la burka, porque el imán creería que era una creyente más. “Salam”, le dijo el imán. “¿Vas a asistir a la oración de la tarde?” – continuó.

Qendresa se paralizó un momento, por no saber responder. Pero supo decir “Salam” también y le dijo: “No, señor, no voy a la oración de la tarde, no soy musulmana”…

El imán se sorprendió y preguntó lo mismo que el cura católico, por qué vestía esas ropas, esta vez con el añadido de que le sorprendía que una mujer no musulmana llevara estas ropas. Le contestó con su historia y su decisión de cubrirse tras la burka, y que esto lo hacía como una penitencia eterna, con el fin de olvidarse de todo lo que la ligaba a su pasado turbio.

El imán le dijo a Qendresa: “Si fueras musulmana, serías de las mujeres más piadosas de esta parte de la ciudad, si no la que más. Aparte me encantó tu determinación, no es fácil para una no creyente decidir vivir en la modestia de nuestras mujeres. Tu caso es muy especial, pero sé que Alá en su infinita misericordia lo comprenderá”.

Qendresa le pregunta: “Señor, ¿estoy incumpliendo alguna regla de vuestras mujeres estando como estoy?”

Le responde el imán: “Reitero, Alá comprende tu situación, jovencita. No necesitas de mayores restricciones, salvo las que consideres necesarias para cumplir tu llamada penitencia”. Luego le dijo, a modo de despedida: “Que Alá esté contigo”.

Qendresa asiente y le responde: “Que Alá esté con usted, señor”.

Sintiendo la aprobación de un líder musulmán dentro de la ciudad, como este imán, podía sentirse más tranquila y no tener problemas con los que practican el islam.

**

Qendresa había logrado llegar a ocho meses con su burka puesta, al menos en público. Había llegado al punto que si le quitaban la burka, se sentiría una persona diferente. Semanalmente se encontraba con Alan a la salida de la iglesia a la que asistía, como si de una cita entre dos prometidos se tratara. El chico trabajaba como profesor en una escuela local, lo que le pareció a Qendresa bastante interesante. Un día quedaron de encontrarse en la salida de su sitio de trabajo, que era más o menos cerca de donde trabajaba ella. La ventaja era que Qendresa salía más tarde que Alan del trabajo, así que no tendría mucho problema con las miradas indiscretas de los niños.

Fueron a tomar el té en casa de Alan, que era una casa elegante en un sector relativamente cercano a su trabajo, en el coche de la chica de la burka. El chico fue hospitalario con ella y le ofreció aparte del té de durazno, unas galletas. Qendresa se las arregló para tomarse el té y las galletas, sin verse descubierta. Alan le preguntó: “¿No es más sencillo si te quitas el velo para comer? Te estoy viendo en problemas con eso, Qendresa…”

Qendresa dijo: “Alan… gracias por preocuparte… pero no puedo…”

Alan dijo: “¿Y por qué no puedes?”

Qendresa cedió y dijo: “Por ser tú, lo hago, pero tampoco esperes mucho. Eres la primera persona que ve mi cara después de todo este tiempo, por mi penitencia”. Alan se sonrojó al ver el gesto de la chica penitente y le dijo: “Ya me contarás el asunto de esa penitencia que te autoimpusiste”, de manera comprensiva. Fue entonces cuando Qendresa se quitó su velo negro, dejando al descubierto su cara y su cabello que estaba oculto tras un hijab de color similar. De verse únicamente sus ojos azules delineados por el kohl, ahora se veía la delicada tez blanca de su piel, una nariz perfecta y unos labios rosados y bastante delicados también.

Alan se quedó sin palabras al ver la sobrenatural belleza de Qendresa. Pocas veces había visto una mujer así de hermosa. Por lo que le dijo: “¿Por qué privar al mundo de una belleza sin par como la tuya?”

Responde Qendresa en un tono solemnísimo: “El pasado tiene que quedar atrás y toda esta vestimenta representa lo que soy yo ahora, Alan. En esto consiste mi penitencia vitalicia, en estar oculta tras estas ropas”.

Alan responde: “Comprendo y te apoyo en tu decisión. Tuvo que ser duro por lo que pasaste para que decidieras estar oculta”. Y lo era, efectivamente. Ser el foco de todo el mundo cuando salía a la calle era muy opresivo.

Apenas terminaron su té y sus galletas, Alan le dijo a Qendresa que si podía ponerle el velo otra vez en su lugar. Ella dijo que sí, y ella le fue indicando la manera correcta de ponerlo.

Terminada la visita, Qendresa dejó a Alan en su casa, fundiéndose en un abrazo muy cercano, aunque fue complicado debido al tamaño de los senos de la chica. En ese momento no importaba nada sino solamente demostrar el amor que ya se sentían el uno al otro. Se prometieron ver en otra ocasión, quizá el domingo siguiente saliendo de la misa.

**

Regresando a las cuestiones laborales de Qendresa, iba a llegar el momento en el que tenía que comer en público. Y ese día fue en una cena que tuvo Marcus Heath con su inversionista del extranjero. Aquello era irrechazable para ella, puesto que en todo este tiempo que llevaba con la burka, ya se podía considerar algo parecido a la asistente de Marcus, sin moverse de su trabajo de contabilidad que tan bien ha hecho hasta el momento.

Aunque era irrechazable, Qendresa no tardó en explicarle su descontento a Marcus. “Verás, Marcus… el primer día me dijiste que no me harías comer en público estando como estoy. ¿Por qué ahora? Aunque ha pasado ya casi un año, de todas maneras sigue siendo peligroso el exponerme al exterior…” – le dijo la chica en la burka a Marcus, en su oficina elegante, que replicó diciendo: “La verdad necesito que vayas, porque tu presencia en esta compañía ha sido prácticamente una bendición, y eso siendo del área que eres en esta organización. El inversionista es musulmán, así que no creo que tenga mucho inconveniente con verte así, de pronto preguntará algo pero no más”.

Qendresa dice a Marcus: “Con las preguntas no tengo problema porque sé que responder… mi temor es a la hora de la comida… no he aprendido bien a comer con el velo puesto, tocará aprender en este tiempo mientras llega el inversionista…”, de manera un poco resignada, pero cumpliría con el deber, como siempre lo ha hecho en la empresa.

Tres días después fue la cena donde fue invitada Qendresa. Tuvo setenta y dos horas para aprender a comer bien bajo la burka y sin ensuciarse. Al final pudo, aunque de manera un poco torpe. Tendría que hacer su mejor esfuerzo para no decepcionar al musulmán.

Llegó la hora de dicha cena en un restaurante importante de la ciudad. Cuando estuvieron dentro todos, Marcus presentó a Qendresa con el inversionista, llamado Khalil Abaza. “Mucho gusto, señor Abaza” – le dijo Qendresa a Abaza, tendiéndole su mano enfundada en un guante blanco, como el resto de su ropa, que le responde, con un beso ahí: “El gusto es mío, señorita Krasniqi, de conocer una mujer tan modesta como usted”.

La cena se desarrolló sin mayores inconvenientes, básicamente eran Marcus y Abaza hablando de negocios y Qendresa escuchando atenta a lo que se decía. Y la chica pudo comer bien sin necesidad de descubrirse su rostro en toda la reunión. Hubiera sido muy vergonzoso haber quedado en únicamente el hijab mientras comía. Marcus agradeció la visita del musulmán y Abaza así mismo agradeció por haber sido invitado a esta ciudad, que no conocía muy bien sino únicamente por imágenes que habría conseguido por internet. Abaza, así mismo, se deshizo en elogios con la chica por el comportamiento piadoso que había demostrado en la reunión. Marcus también la elogió por saber superar ese temor a comer en público, estando así de cubierta. Qendresa le contestó que era solo cuestión de aprender, y que no se había atrevido.

Se acabó la reunión y quedó Qendresa de regresar al lunes siguiente a trabajar (era viernes y el sábado no se trabajaba).

Pero su fin de semana no podría ser todo lo tranquilo que pudiera ser…

**

El sábado, al cumplirse once meses de la transformación de Qendresa, salió una noticia explosiva en el periódico. “¿Qué pasó con Cheryl Phillips?”

Qendresa realmente se asustó al ver de nuevo su antigua identidad en el periódico. Era el regreso de un fantasma que ya debió desaparecer, aunque en este caso no había mucho sino una simple nota de algún periodista que quería rellenar espacio en el periódico. Afortunadamente no volvió a salir un recorte relativo a su antigua identidad, pero igual estaba latente la intriga. Si en todo ese tiempo estando cubierta, no volvió a salir ese tema de su identidad, significó que toda esa fama era pasajera y en cuanto sucediera algo que la hiciera perder, se olvidarían de ella.

La semana siguiente hubo no pocas preguntas hacia Qendresa sobre ese miniartículo del periódico. Con todo, la respuesta de ella siempre fue la misma, diciendo no conocer a Cheryl. Y la tapadera se mantuvo hasta el día de hoy. Nadie nunca más supo que Qendresa antes se llamaba Cheryl y ese nombre se borró de la memoria de la gente más cercana a ella, los que aún sabían del tema de su anterior vida, Theresa y Marcus.

En un nuevo encuentro entre Alan y la chica cubierta, la chica le propuso matrimonio. Ya eran novios desde hacía cinco meses, pero Qendresa le pidió una condición para que se casaran. Que Qendresa solo tuviera ojos para él. En otras palabras, que ella ocultaría sus ojos bajo una caperuza de lycra, como las que hacen parte de los unitards, en este caso que coincidirían con el color de su burka, o si no, tras unos gruesos lentes de sol, si no estaban en casa. A Alan en principio no le gustó la idea, pero el chico se entusiasmó luego y aceptó, con la sola idea de que Qendresa sólo tendría ojos para él.

**

El matrimonio tendría lugar varios meses después. Sería bastante extraño, empezando porque el párroco de la iglesia celebraría en conjunto con el imán de la mezquita la unión entre Qendresa y Alan.

La ceremonia se celebró en un salón enorme que cedió Marcus en su casa de las afueras de la ciudad, para evitar las incomodidades que pudieran derivarse de celebrar el matrimonio en un sitio u otro, y por la gran riqueza de Marcus, aquello fue muy fastuoso.

Alan vistió como el típico caballero inglés, con sombrero de copa y smoking. En el caso de Qendresa, adoptaría un híbrido entre el vestido tradicional occidental y el que utilizan las musulmanas, pero evidentemente con la cara cubierta y vistiendo unos lentes oscuros. El párroco fue quien llevó el hilo de la celebración y el imán no entró sino hasta el momento de darle la bendición a los novios, que también fue algo extraña: el imán hizo la parte de la bendición que le correspondía a la novia y el párroco la que le correspondía al novio, quizá por las costumbres que cada uno seguía en cuanto al vestuario.

Cuando cada uno dio su aprobación a la unión, Qendresa se salió de su propio protocolo, quitándose el velo que cubría su cara para darse un apasionado beso con Alan cuando el padre dio la señal. Aquello fue muy hermoso, tanto, que hasta el imán, que evidentemente seguía las costumbres islámicas, aplaudió al ver ese gesto, normalmente esto era “haram” para ellos, pero viendo la situación, era más bien “halal”.

La luna de miel de la pareja fue en Italia, donde visitaron Roma, la ciudad eterna; Florencia, Venecia y las islas de Sicilia y Cerdeña. Fue una experiencia muy grata para los dos, aunque cada rato las miradas se fijaban en Qendresa y en su burka, y por supuesto, a ella jamás le importó que la miraran raro por llevar esa prenda. Al fin y al cabo, ese era el símbolo de su nueva vida.

**

La vida de Alan y de Qendresa solo pudo ir a mejor en lo sucesivo. Llegaron a los cinco años de casados e inclusive la chica cubierta está ya esperando su primer hijo. Qendresa siguió trabajando arduamente como siempre lo hizo en su empresa, y ya es la mano derecha de Marcus ahí, podría decirse que es una gerencia compartida lo que ellos hacen en aquella organización, que ya se expandió y es una de las más importantes de Inglaterra. Por la parte de Alan, ya no trabaja en un colegio sino en una de las universidades de aquella ciudad.

Sobre el imán y el párroco, han ido a Roma a explicarle al Papa qué fue lo que sucedió en esa celebración del matrimonio entre Qendresa y Alan, porque esa celebración que involucró al imán, escandalizó a la iglesia inglesa. No hubo consecuencia alguna para ninguno de los dos, pero hizo reflexionar seriamente al máximo jerarca de la iglesia católica sobre el asunto de las relaciones con el islam y también, por supuesto, del velo de las mujeres.

El Papa le dijo al Arzobispo en Inglaterra que podían empezar a experimentar con las vestimentas islámicas en las mujeres. El Arzobispo pasó esa propuesta al Primer Ministro para que fuera evaluada por las cámaras (de los Lores y de los Comunes), y dado el alto nivel de conservatismo de las cámaras, la propuesta pasó y terminó siendo una ley… que las mujeres desde ese momento en adelante debían vestirse de manera modesta, siguiendo la norma islámica (sin distingo de creencias o razas) y esa modestia tendría tres categorías.

Back to tales in non-English languages…

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